Hoy os traigo la segunda entrega de esta sección dedicada a esas traducciones en las que los profesionales del sector se ganan de verdad los galones, esas en que derraman sudor y (a veces hasta) lágrimas para conseguir que los lectores tengan la posibilidad de disfrutar de la creatividad y el ingenio de autores extranjeros que, de otro modo, resultarían innacesibles en lenguas distintas a aquella en la que escriben.

Y si de inventiva e ingenio se trata, hay un autor cuyo nombre destaca en letras doradas en la historia de la literatura: Charles Lutwidge Dodgson, o como es más conocido, Lewis Carroll, el célebre e inmortal autor de Alicia en el País de las Maravillas. Es precisamente de este último libro del que vamos a extraer el pasaje de hoy, en la traducción que de él haría Jaime de Ojeda para la edición de Alianza Editorial. Carroll nos proporciona material suficiente en cualquiera de sus obras literarias como para escribir artículos destinados a esta sección durante años, por mor de su inimitable estilo repleto de divertidos disparates, acertijos y juegos de palabras. Yo mismo tuve la oportunidad, por encargo de Akal, de traducir no uno sino dos de sus libros: Silvia y Bruno y La conclusión de Silvia y Bruno, recopilados en el volumen integral que publicó la editorial el año pasado. Entonces hube de afrontar directamente el duro pero gratificante reto de trasladar al castellano el característico lenguaje de su autor, que comporta una serie de problemas para el traductor de los que ya estaba prevenido, dado que conocía con anterioridad el trabajo de otros colegas con Carroll; por ejemplo, el que aquí nos ocupa . En futuros artículos hablaré de algunas «traducciones imposibles» con las que me topé en mi propia experiencia con la obra del matemático, diácono, fotógrafo y escritor inglés, pero en este voy a recoger una muestra del buen hacer de De Ojeda con su pieza más conocida.

mock turtleEn el pasaje en concreto del que voy a hablar, Alicia conoce y entabla conversación con dos singulares criaturas: un grifo —el animal mitológico— y una «tortuga artificial», que es una extraña creación de Carroll, mitad tortuga, mitad ternera, inspirada por un producto alimenticio sintético y deshidratado a base de caldo de vaca muy popular en Inglaterra durante la época del escritor. En su charla, la tortuga artificial refiere cómo, durante sus años de infancia, asistía al colegio bajo el mar, en cuyas clases aprendía lo siguiente:

 

“Reeling and Writhing, of course, to begin with,” the Mock Turtle replied; “and then the different branches of Arithmetic— Ambition, Distraction, Uglification, and Derision.”

 

lo cual, en una traducción directa, quedaría como sigue:

 

—Para empezar, naturalmente, [nos enseñaban] a tambalearnos y retorcernos —contestó la tortuga artificial—, y luego las distintas ramas de la Aritmética: la ambición, la distracción, el afeamiento y la burla.

 

La aparente falta de sentido de este párrafo no se debe a un mero ejercicio del disparate por parte de Carroll (lo cual, no obstante, tampoco sería de extrañar, tratándose de quien se trata). Las lecciones que recibía la tortuga artificial en el fondo del mar son, en realidad, una caricatura de las que una niña como la propia Alicia recibiría en su colegio, pues aquellas tienen como razón de ser una semejanza fónica con el nombre de estas últimas en inglés, como bien explica De Ojeda en las notas que acompañan su traducción: reading (lectura) y reeling (tambalearse), writing (escritura) y writhing (retorcerse), addition (suma) y ambition (ambición), substraction (resta) y distraction (distracción), multiplication (multiplicación) y uglification (afeamiento), division (división) y derision (burla). Es decir, que mientras que un niño normal aprende en la escuela a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir, la tortuga artificial estudia materias con nombres que suenan parecido pero que no son sino un absurdo: Carroll en estado puro.

Como acabamos de ver, en una traducción literal de los nombres de las asignaturas de la tortuga artificial se pierde el juego de palabras original basado en una paronimia o semejanza fónica. De Ojeda vio la necesidad, entonces, de hallar en nuestro idioma una serie de términos en castellano para las materias de estudio de la tortuga que mantuvieran esa característica del texto original, a fin de que el lector español pudiera reconocer la intención de Carroll cuando lo escribió. Esta fue su solución al problema:

 

—Pues nos enseñaban a beber y escupir, naturalmente, para empezar —replicó la tortuga artificial— y luego las diversas ramas de la Aritmética: a fumar y a reptar, y también la feificación y la dimisión.

 

El traductor optó por los siguientes sustitutos paronímicos: beber por leer, escupir por escribir, fumar por sumar, reptar por restar, feificación por multiplicación y dimisión por división. Todos convendremos en que algunas de sus elecciones son brillantes e inmediatamente reconocibles (para mí, sobre todo, fumar, reptar y dimisión) y que en otras quizá cuesta más hallar la relación, pero, ¡ay!, a este respecto la lengua española se encuentra en desventaja con respecto a la inglesa, mucho mejor adaptada a este tipo de contorsiones.

En el caso concreto de la traducción de uglification, De Ojeda optó por inventarse un neologismo —«feificación»— que mantuviera la terminación del sustantivo «multiplicación», a sabiendas de que, incluso así, no existía un gran parecido fónico entre ambas. El motivo de esta elección es que a continuación de este párrafo Carroll introduce una breve discusión entre los tres participantes en la conversación cuando Alicia afirma no saber lo que quiere decir uglification: el término de la traducción debía resultar por tanto suficientemente raro como para justificar esa respuesta por parte de Alicia. «Afeamiento», por otro lado, la traducción que habría resultado más apropiada y correcta en otro contexto, ni siquiera posee el mismo sufijo que «multiplicación», así que el traductor se decantó por crear una palabra que le permitiera ser fiel a los párrafos siguientes y captar al mismo tiempo, aunque solo fuese de refilón, la sonoridad del nombre español de la operación aritmética que Carroll pretendía evocar.

Dejo a la valoración de cada cual estas elecciones del traductor: si las expongo aquí es porque me parecen bastante acertadas y, sobre todo, ilustrativas de cómo resolvemos ciertos problemas de nuestro trabajo. Como ya expliqué en el último artículo, a veces los traductores han de hacer sacrificios y optar, cuando no hay ninguna solución «buena», por la «menos mala» de entre todas las posibles: las cartas de la baraja lingüística que tenemos en nuestra mano son las que son, y el que nuestra jugada nos haga salir airosos o no del lance dependerá en muchas ocasiones de la perspicacia o la clemencia del lector, o incluso de la suerte.

 

http://www.ecobook.com/static/img/portadas/_visd_0000JPG00TTR.jpg

En el resto del capítulo (y del libro) hay muchos más juegos de palabras como los que acabamos de tratar, los cuales constituyen un verdadero quebradero de cabeza (por decirlo finamente) para el traductor. A este respecto, no puedo sino elogiar el trabajo de Jaime de Ojeda en su traducción de Alicia en el País de las Maravillas, la cual recomiendo a todo el mundo, haya leído o no anteriormente alguna otra versión en español del libro; la edición de Alianza Editorial, al menos la que yo poseo de 2001, incluye además unas notas explicativas sumamente interesantes. En cualquier caso, Carroll volverá a aparecer por aquí en próximos artículos, así que permaneced atentos.