Con este artículo estreno en el blog una sección dedicada a uno de los aspectos más complejos e interesantes de mi profesión: la traducción de lo intraducible. Me estoy refiriendo a vocablos, expresiones, giros, etc., que de vez en cuando se presentan en ciertos textos, principalmente literarios, en los que parte del sentido del mensaje que intenta transmitir el autor reside en el lenguaje que ha elegido para hacerlo, en las mismas palabras y en la estructura en sí de las frases. Veamos un ejemplo en español muy sencillo y conocido:

Oro parece,
plata no es,
quien no lo adivine
bien tonto es.

Salta a la vista que traducir a otro idioma esta adivinanza infantil, a pesar de su simplicidad conceptual, resultaría un auténtico infierno para cualquiera. De hecho, el consenso prácticamente general sería que no es posible hacerlo. El hecho de que la solución de la adivinanza, su sentido al fin y al cabo, esté contenida en la secuencia «plata no es», en esas tres palabras exactas colocadas una detrás de otra, hace que cualquier intento de trasladarla a otro idioma resulte inútil, siempre y cuando en este último no se diera también una coincidencia fonética como la existente entre «plata no es» y «plátano es» pero entre sus respectivas traducciones, algo harto improbable.

Los traductores profesionales, no obstante, nos enfrentamos a problemas como el del ejemplo con cierta frecuencia. Nuestra primera reacción, en estos casos, suele ser rascarnos la cabeza con gesto entre desconcertado y consternado, para después emitir un resoplido de fatiga anticipada por el duro trabajo que nos espera. Porque estos «monstruos» no suelen ser imposibles de derrotar (esto es, de traducir), pero resultan sin duda duros adversarios.

¿Cómo traducimos un texto en el que esta operación parece inviable a primera vista? La clave está en que la traducción no debe acometerse, ni en estos casos extremadamente complejos ni en ninguno en general, como un mero proceso de sustitución de unas palabras en el idioma de origen por otras que signifiquen lo mismo en el idioma de destino. Es decir, hay que evitar la literalidad. Por el contrario, el objetivo principal que ha de tener el buen traductor a la hora de hacer su trabajo es buscar construcciones equivalentes en la lengua de destino que capten el significado y sentido de las que el autor ha decidido emplear en el texto original sin tratar de calcar su forma. Si luego, además, puede hacerlo conservando en buena medida esta última, el continente del mensaje, mejor que mejor, pero ello no debe constituir una prioridad para él.

Las «traducciones imposibles» que iré presentando en esta sección del blog serán ejemplos extraídos de distintas publicaciones, tanto mías como de colegas traductores, del mencionado principio de trabajo aplicado en casos particularmente complejos. Con ello pretendo, por un lado, mostrar el tipo de soluciones que pueden darse a estos problemas de mi oficio y, por otro, realizar un pequeño homenaje al esfuerzo e ingenio de los que a él nos dedicamos movidos por nuestra pasión por la literatura y el lenguaje. Quisiera advertir, no obstante, que no existe «la» traducción perfecta, y que siempre en este proceso, sobre todo en los casos en los que el sentido del mensaje se halla unido inextricablemente a su forma, va a haber que renunciar a una parte de dicho mensaje. Cuanto más pequeña sea esa porción que se pierde en el paso de una lengua a otra, más conseguida estará la traducción. Pero las posibilidades son infinitas; hay tantas traducciones posibles como traductores se enfrenten a ella, más incluso.

 

Himes - Corre

Una vez hecha la anterior introducción, veamos la «traducción imposible» de hoy. Se trata de un caso propio, perteneciente a la obra ¡Corre, hombre, corre! de Chester Himes, una novela de suspense ambientada en el Nueva York de los años 50. En ella, Matt Walker, un amargado detective alcohólico de la policía de la ciudad, mata una noche a tiros a dos mozos negros de una cafetería que están haciendo labores de limpieza y mantenimiento en el local al creer en su delirio etílico que son responsables del robo de su coche. El tercero de los mozos que se encuentra trabajando allí esa noche, Jimmy Johnson, un estudiante negro de la Universidad de Columbia, presencia el asesinato de sus compañeros y logra salvar la vida al escapar a la carrera del alcoholizado policía. Walker, consciente de que se arriesga a una condena por asesinato si el muchacho le acusa del crimen, emprende entonces una feroz e implacable persecución de Jimmy por toda la ciudad con intención de imponerle el mismo destino que a sus compañeros. El muchacho, entretanto, trata de recabar la ayuda de las autoridades y de su novia, pero nadie cree su historia. Muerto de miedo y sin saber a quién recurrir, decide en ese momento conseguir una pistola para defenderse, y con dicha intención visita un bar de mala muerte «del que recordaba haber oído que era un lugar frecuentado por atracadores». Una vez allí, después de que el barman conteste con evasivas a su requerimiento de comprar una pistola, Jimmy pide una Coca-Cola e inspecciona desde la barra el establecimiento buscando a alguien con aspecto de dedicarse al menudeo de armas de fuego.

Es en ese momento cuando su mirada recala en un rótulo medio borrado que cuelga de los anaqueles de fondo espejado que hay tras la barra. En la versión original de la obra el rótulo dice:

DON’T ASK FOR CREDIT
HE’S DEAD

Himes introduce aquí un ingenioso doble sentido. La primera línea del rótulo, don’t ask for credit, significa literalmente «no pidas que te sirvamos a crédito», o expresado de un modo más idiomático y tal y como se suele ver en los bares españoles más castizos, «no se fía». Sin embargo, al leer la segunda línea (he’s dead: «está muerto») acude a nuestra mente otra interpretación del texto derivada de que ask for puede entenderse también como «preguntar por». Desde esa perspectiva, el rótulo completo diría «no preguntes por “Crédito”. Está muerto», debiendo leerse «crédito» en este caso como un nombre propio (quizá el del pobre infeliz que se atrevió a pedir que le fiaran el par de copas que se había tomado). Las dos interpretaciones posibles del texto del rótulo constituyen una muestra del característico humor negro de Himes, quien con solo añadir un par de palabras al clásico aviso tabernario confiere un aura bastante siniestra al tugurio visitado por Jimmy al tiempo que aporta un toque de comicidad.

Naturalmente, tal y como he señalado en la introducción del artículo, traducir el rótulo de forma literal, siguiendo cualquiera de las dos interpretaciones posibles, habría dado por resultado un sinsentido. Por lo tanto, ¿cómo debía encarar mi traducción? La respuesta que me di fue que debía hallar un doble sentido en español relacionado con la idea central del rótulo —que en ese bar no se fiaba a la clientela— y que a la vez transmitiera la misma sensación siniestra y amenazadora. La solución que hallé fue la siguiente:

AQUÍ NO SE FÍA
NADIE

Del mismo modo que en el original, la primera línea recoge el típico mensaje a los clientes de los bares ya mencionado arriba, convenientemente adaptado a nuestra lengua en su forma más habitual. Ahora bien, si se lee de corrido junto con la segunda línea, «fiar» cambia de acepción adoptando el significado de «confiar», con lo que el mensaje del rótulo pasa a ser «aquí nadie confía en nadie», algo muy apropiado en un antro como el que describe el relato y que conserva ese cariz ominoso del original. Quizá, vista mi traducción en retrospectiva, se pierda en ella una pizca del humor subyacente en el doble sentido de Himes en favor de un tono más crudo y agresivo, si bien, como ya he señalado, hay que asumir que en ocasiones tendremos que sacrificar parte del significado o ciertos matices menores a fin de salvar la barrera lingüística con éxito.

Y con esto termino este primer artículo sobre «traducciones imposibles», con la esperanza de que os haya resultado interesante. Tengo muchos más casos en mente para futuras entradas, unos de mi experiencia personal y otros que he ido encontrando en mis lecturas. Si se os ocurre alguna otra posible traducción para el que os he presentado hoy, os invito a compartirla por medio de los comentarios. ¡Tal vez deis con una solución más ingeniosa que la mía a este rompecabezas! Asimismo, si encontráis durante vuestras lecturas algún ejemplar de «traducción imposible» y queréis hacérmelo llegar, estaré encantado de publicarlo aquí para que todos podamos admirar el sutil y concienzudo trabajo de algunos de mis compañeros de profesión.

 

¡Hasta pronto!