Hoy quiero presentar y comentar una de las lecturas que me han acompañado en estos pasados meses de sol y solaz a la orilla del mar y la piscina. Se trata de una obra cuya atmósfera en ciertos momentos puede resultar tan asfixiante como el calor de Madrid en agosto: The End of a Primitive, de Chester Himes, un libro prácticamente desconocido en nuestro país que según la información que he podido recabar en la Red tan solo tuvo una edición patria en 1989 (El fin de un primitivo) por parte de la editorial Júcar. No es que el libro alcanzara mayor fama y fortuna en el país natal del escritor afroamericano: vio la luz por primera vez en 1955 de la mano de New American Library, pero en una versión expurgada de sus elementos potencialmente más escandalosos —según el criterio de los editores que «retocaron» y «corrigieron» la novela (hasta cinco diferentes, afirmaría Himes)— y retitulada The Primitive, a secas. Afortunadamente, el interés por el escritor y sus demás obras tras el éxito de su Ciclo de Harlem ha hecho posible que hoy podamos acceder al texto de Himes tal y como este lo concibió, a través de ediciones restauradas. No obstante, estas han sido igualmente poco numerosas y (creo no equivocarme) poco comerciales: para demostrarlo, basta con decir que la última es del año 2000, y que la anterior de 1997 todavía está disponible, algo que, pese a todo, podemos considerar una suerte. En cualquier caso, constituye una situación un tanto desoladora para la que, de entre toda su producción, era la obra preferida del propio Himes.

End of a primitiveDicha situación resulta hasta cierto punto comprensible en vista de lo que encontramos en las páginas de The End of a Primitive: desesperanza, frustración, soledad, sexo, violencia… Cuesta encontrar emociones positivas en los personajes y elementos agradables en la narración, y los pocos que hay remiten a un pasado cuyo recuerdo solo sirve para enfatizar por contraste el crudo presente de los dos protagonistas de la historia. Estos son dos: Kristina Cummings, una mujer blanca de treinta y siete años que lleva una vida de oficinista relativamente acomodada en Manhattan, y Jesse Robinson, un escritor negro ya en la cuarentena al que el éxito comercial le es esquivo y malvive alternando entre la dedicación a su pasión y diversos trabajos temporales. Ambos, Kriss y Jesse, se conocen de años atrás, cuando él fue a solicitar una beca para escritores en la fundación de Chicago en la que ella trabajaba. Entonces vivieron un apasionado romance de fin de semana que terminó con falsas promesas que nunca se materializaron. Tiempo después volvieron a verse en una fiesta de sociedad, pero el estado de embriaguez de Jesse aquella noche convirtió el reencuentro en un auténtico desastre. Al comienzo de la novela, Jesse lleva un año separado de su mujer Becky y, aprovechando el pago de una opción para la publicación de su última novela, I Was Looking for a Street (Buscaba una calle), se ha instalado en una habitación de alquiler en Nueva York, donde Kriss lleva varios años residiendo. Los recuerdos de aquel ya lejano fin de semana de ensueño y el deseo bastante menos sentimental de Jesse de encontrar una mujer blanca con la que acostarse inducen a este último a llamar a su antigua amante para, con suerte, recuperar parte del tiempo perdido.

La novela, cuyos primeros capítulos narran en paralelo las vidas de ambos en el momento de la llegada de Jesse a la Gran Manzana, comienza entonces un lento pero inexorable avance hacia su fatídico desenlace. (No creo destripar nada al decir esto, pues, como ya he anticipado, apenas hay lugar en la obra para la placidez, la alegría o la felicidad: el autor no concede al lector el alivio final de un happy ending.) Prácticamente toda la acción transcurre durante un fin de semana en el que Kriss y Jesse se encierran a beber whiskey y bourbon (con intención de añadir una parte de sexo salvaje al combinado) en el apartamento de la primera, un bajo interior espacioso y cuidado, pero en el que su propietaria se siente aislada como en una tumba, pues a él no llega ningún sonido de la calle ni apenas la luz del sol salvo durante unas pocas horas de la tarde. Entre sus gruesas y pesadas paredes, los dos protagonistas tratarán de hallar un breve refugio del mundo inhóspito que hay al otro lado de ellas, gracias a su compañía mutua. Pero lo que no pueden evitar es llevar en su interior la herida abierta por él en su ser.

El sentimiento de soledad y aislamiento constituye, como ya hemos apuntado, uno de los ejes temáticos de la novela. Uno de los objetivos de Himes al colocar en el centro del relato a una mujer blanca y a un hombre negro era manifestar que, en su opinión, ambos tipos se encontraban similarmente oprimidos en la sociedad norteamericana, racista y patriarcal. Su incapacidad para cambiar dicha sociedad provoca en los dos un sufrimiento y una frustración tales que los lleva a buscar alivio en cualquier medio de evasión psicológica que esté a su alcance, como el alcohol, las drogas (o los psicofármacos) y el sexo desenfrenado; al mismo tiempo, el grado de tensión bajo el que viven y el consumo de sustancias como las ya mencionadas va minando paulatinamente su salud física y mental.

Kriss, bajo su fachada de mujer trabajadora de éxito y liberada, oculta una personalidad emocionalmente rota por años de traumas y fracasos sentimentales; alberga un miedo patológico a despertar sola por las mañanas, algo que la conduce a una búsqueda compulsiva de compañeros de cama. Su fobia a la soledad es producto de un trauma vivido durante la infancia, del mismo modo que su obsesión por el sexo deriva también en parte de un pasado matrimonio con un homosexual reprimido incapaz de satisfacerla sexualmente. La vida tampoco ha tratado especialmente bien a Jesse, quien, como persona de raza negra, ha sido testigo y víctima constante del racismo imperante (a veces explícito, pero por lo general solapado) en su país; como escritor, encuentra que los editores infravaloran o rechazan sus obras al considerarlas mera literatura «de protesta», una postura prejuiciosa y, nuevamente, racista, pues deriva del hecho de que Jesse es negro. Pese a lo poco halagüeño de su futuro profesional, Jesse se aferra a la escritura como una tabla de salvación que proporciona estabilidad a su identidad como persona en un mundo para él absurdo e incomprensible.

Una vez que los primeros capítulos nos han puesto en situación con la presentación de ambos personajes, su pasado, su presente y su entorno inmediato, el fin de semana de los dos en el apartamento de Kriss ocupa todo el resto de la narración. A partir de entonces esta no «avanza», estrictamente hablando, sino que da vueltas sobre sí misma en una continua repetición de borracheras, recriminaciones, arrebatos emocionales, violencia más o menos contenida y desvanecimientos etílicos. Este ciclo se ve salpicado por visitas de conocidos que pasan algunas horas con los dos protagonistas antes de marcharse de nuevo; estos, junto con la televisión y la prensa, son los únicos contactos de los dos personajes centrales con el exterior durante los algo más de dos días que pasan juntos. Mediante este recurso narrativo, Himes convierte el apartamento en un pozo simbólico del que los personajes no pueden o no se atreven a salir, a diferencia de sus invitados, que lo hacen libremente. Aterrados por lo que les aguarda afuera, presos del miedo y del odio (dos emociones que permean toda la producción de Himes), Kriss y Jesse optan por abandonarse al alcohol en una huida a ninguna parte. La imagen del mundo exterior como un lugar absurdo y surrealista se potencia asimismo a través de un programa de televisión (al que Kriss está enganchada) en el que un mono parlante predice noticias que aún no han sucedido, entre ellas el acontecimiento que pondrá punto y final a la novela.


Chester Himes

Chester Himes

The End of a Primitive es una novela descarnada que expone con total claridad la visión que Himes tenía de la sociedad norteamericana como una prisión sin barrotes para todo el que no fuera un hombre blanco y protestante, una cárcel invisible en la que se te decía que eras libre y en la práctica se te negaba la libertad, especialmente si eras negro. En esencia, lo que pretende el libro es mostrar los efectos de esa contradicción en la mente y la vida de dos personas que han tenido la desgracia de nacer en el lado equivocado de las rejas. La práctica totalidad de la obra de Himes alberga la misma intención, pero es en The End of a Primitive donde el mensaje aparece más claro, sin rastro alguno, por ejemplo, del disfraz esperpéntico con el que se vestiría posteriormente en el Ciclo de Harlem; en sus obras previas, asimismo, el peso del contexto social e histórico del relato llevaba la denuncia a un plano más soterrado, subyacente. Aquí, Himes declara sin rodeos ni embozos: esto es lo que Norteamérica, ese mundo absurdo e hipócrita, le hace a la gente como yo. La arrastra a la locura, a la violencia. El primitivo, aquel que sigue creyendo ingenuamente que tiene que haber por fuerza una lógica oculta detrás de tanto sinsentido, está condenado a la extinción.