Mito:


2. m. Historia ficticia o personaje literario o artístico que encarna algún aspecto universal de la condición humana.

DRAE, avance de la 23ª edición

A la vista de esta definición que ofrece el DRAE del término «mito», no requiere demasiada reflexión entender por qué el personaje de Peter Pan, creado por James Matthew Barrie para su novela de 1902 El pajarito blanco y que cobraría fama posteriormente en una nueva versión gracias a la obra de teatro Peter Pan: el niño que no quería crecer (estrenada por primera vez en 1904) y a la novela Peter y Wendy (1911), tiene tal consideración en nuestros días. No es una simple cuestión de popularidad: si así fuera, muchos otros célebres protagonistas de cuentos de hadas y relatos populares fagocitados y regurgitados por Disney y otras productoras de cine infantil merecerían dicho calificativo. Resultaría inaudito oír hablar de alguien como una «sirenita» o un «aladino» (si bien la lámpara de este sí que ha alcanzado cierto estatus mítico en el imaginario colectivo). La cosa cambia si hablamos por ejemplo de Robin Hood, como representación del forajido de buen corazón que lucha contra el poder en pro de la justicia social. Pero Peter Pan, no obstante, ocupa por derecho propio un lugar más elevado entre los mitos universales modernos, como don Quijote, Drácula o —en el ámbito de la cultura pop— Supermán.

Peter Pan blog headerPara erigirse en mito, un personaje debe encarnar «algún aspecto universal de la condición humana», es decir, que ha de constituir un símbolo de un rasgo potencialmente presente en la vida del hombre, ya sea en su propio ser o en su «circunstancia». Hablar de Peter Pan, concretamente, supone evocar una idea: el rechazo a crecer y madurar, el deseo de ser siempre un niño (de forma literal o figurada), vivir libre de responsabilidades en un presente eterno e inmutable, con la diversión como única meta. Nadie puede poner en duda el carácter humano de ese anhelo, su práctica universalidad; todos lo hemos sentido alguna vez, o muchas. Un acto tan mundano como tomar una fotografía en una ocasión placentera, sin ir más lejos, constituye en cierto modo una manifestación de él: al captar la escena deseada con la cámara, inmortalizamos no solo una imagen sino también los recuerdos y sensaciones agradables que la acompañan, por lo que podemos revivirlos cuando queramos con solo contemplar la instantánea. Una fotografía de un momento feliz es un pequeño País de Nunca Jamás, un lugar fuera del tiempo cuyos habitantes no envejecen, y siempre sonríen.

Sobre esta base, resulta fácil comprender el atractivo de la historia de Barrie, pues todo el mundo, grande o pequeño, es capaz de conectar emocionalmente con lo que en ella se cuenta. Un niño, no obstante, lo hará a un nivel distinto de un adulto, y precisamente una de las grandezas del relato es que ofrece reclamos distintos para uno y otro. Los más pequeños encuentran en él magia, emoción y diversión; una aventura sobre un niño volador que vive entre hadas y sirenas y lucha con piratas. Los mayores, sin embargo, además de revivir su infancia ya perdida (y disfrutar con ello), son capaces de leer entre líneas y conmoverse con el reverso trágico del libro, en el cual están implicados los tres personajes principales: Peter, Garfio y Wendy.

Para empezar, Peter Pan, el niño que no quiere crecer, que se niega a hacerlo, ha renunciado con ello al amor: al amor de una madre, de un verdadero amigo, de una pareja. Al tomar la decisión de ser siempre un niño para eludir las cargas y sufrimientos de la vida adulta, al abandonar el mundo real a fin de vivir en su propia isla de fantasía, abandona asimismo el mundo de las relaciones humanas con todo lo que ello conlleva. Como todo adulto sabe, establecer vínculos con otros seres humanos buscando la alegría de su compañía y el placer de sentirse amado supone aceptar al mismo tiempo que en algún momento esos vínculos nos ocasionarán dolor o disgusto: enfados, miedos, pesar por rupturas o por pérdidas de personas que nos eran queridas. Peter Pan ha elegido evitar el dolor y el miedo huyendo muy muy lejos, refugiándose en un enorme campo de juegos donde reina la diversión y cualquier malestar se olvida en un parpadeo; pero esa distancia real y figurada que Peter ha interpuesto con todos los demás le convierten en el ser más solitario del mundo, y provoca que el niño que se jacta de no dejar de divertirse nunca esconda en su interior una soledad muy profunda, una tristeza que reprime pero que podemos vislumbrar en su comportamiento, y que aflora cuando Peter baja la guardia.

«—Está tan necesitado de una madre… —dijo Jane.

»—Lo sé —admitió Wendy con tristeza—; nadie lo sabe mejor que yo.»

Por mucho que reniegue públicamente de las madres y declare varias veces cuánto las detesta, lo cierto es que anhela su cariño y atenciones. Su verdadera madre acabó por olvidarse de él, y desde que encontró la ventana de su antigua habitación bloqueada por barrotes de hierro no ha hecho sino buscar una figura que pueda llenar el vacío emocional que aquella le dejó. Por eso busca a Wendy (atraído por las historias que esta contaba a sus hermanos, como haría una madre con sus hijos) y se la lleva consigo al País de Nunca Jamás, donde ella adopta un rol maternal respecto a él y los demás niños perdidos. Cuando Wendy decide que ha llegado el momento de volver al mundo real, Peter no la acompaña («No quiero ir a la escuela y aprender cosas serias —le contestó con vehemencia—. No quiero ser un hombre.»), pero tanta necesidad tiene de una madre que regresará cada año (cuando su falta de memoria no se lo impide) para reencontrarse con ella. Y cuando Wendy ya es demasiado mayor y se ha convertido en una madre de verdad, será a su hija a quien se lleve al País de Nunca Jamás, y luego a la hija de su hija, y así sucesivamente. Las madres reales le recuerdan demasiado a la suya propia, le recuerdan lo que perdió y ya nunca podrá tener; las niñas que «seduce» y conduce a su mundo cumplen el papel de aquellas y, al pasar por simples compañeras de juegos, le permiten mantener su autoengaño. Un autoengaño que, en el fondo, no hace sino perpetuar su honda soledad. Desde el punto de vista de la psicología, es el mismo tipo de fenómeno que ocurre con las adicciones: un intento de eludir sentimientos dolorosos o incómodos por medio de un agente externo (el alcohol, las drogas, el juego, las compras, el sexo…) que produce un consuelo temporal pero a la larga ineficaz. De modo que, forzando un poco la analogía, podría decirse que Peter Pan es clínicamente un adicto a la niñez.

Barrie salpica el relato con sutiles detalles que apuntan a este sentimiento crónico de soledad que padece su protagonista: «A veces, aunque no a menudo, Peter soñaba, y sus sueños eran más dolorosos que los de otros niños. Durante [ellos] lloraba y gemía lastimeramente. Tenían que ver, creo, con el enigma de su existencia». El autor no nos explica el motivo de esos sueños, pero no cabe duda de que apuntan a una intensa aflicción profundamente enterrada en la psique del niño. Igualmente, tras haber derrotado a Garfio lanzándole a las fauces abiertas del cocodrilo, Peter vuelve a llorar desconsoladamente mientras duerme. Quizá, de forma subconsciente, se esté lamentando por la pérdida de quien tantos momentos de emoción y diversión le proporcionó; en cierto modo, la muerte de su némesis le deja un poco más solo.

Peter Pan blog 01Garfio, de hecho, es una especie de reverso oscuro del propio Peter: los dos «capitanean» su propio grupo de valientes, enfrentados en eterna contienda; ambos se expresan de un modo teatral y afectado, y dedican mucha atención a «las formas» (las cuales constituyen una auténtica obsesión para el capitán pirata; en el caso de Peter, dicha atención se manifiesta en su gusto por el juego de roles. El origen dramático de los personajes tiene mucho que ver con esto); uno y otro, por último, albergan un torturador sentimiento de soledad en sus corazones: «Garfio se hallaba profundamente abatido. […] Era porque se sentía terriblemente solo. Este hombre inescrutable nunca se sentía más solo que cuando lo rodeaban sus perros». Poco después, el capitán, sumido en sus cavilaciones, se lamenta así: «Ningún niño me quiere». En Garfio, los muros invisibles de su solitaria prisión son el resultado de su educación elitista en un colegio privado —Eton, según reveló el propio Barrie en conferencias y escritos relacionados—. Garfio se siente socialmente superior a todos los que le rodean, pero los refinados modales que le distinguen y de los que él tanto se vanagloria (como Peter se jacta de divertirse continuamente siendo un niño) también le apartan de los demás y le condenan, por consiguiente, a la soledad. En su ofrecimiento a los niños perdidos y a John y Michael de unirse a su tripulación como grumetes, podemos leer un disimulado ruego de compañía infantil. Cuando todos le rechazan, Garfio monta en cólera y ordena que los chiquillos caminen por la plancha.

Pese a todo, el narrador lo describe en el instante previo a su muerte como una «figura no carente por completo de heroísmo», y más tarde sugiere el paralelismo entre él y el protagonista de la historia cuando este último se disfraza con su ropa: «la primera noche que Peter llevó aquel traje estuvo largo rato sentado en el camarote con la boquilla de fumar de Garfio en la boca y una mano completamente cerrada en un puño, a excepción del dedo índice, el cual mantenía doblado amenazadoramente en alto como un garfio». El villano y el héroe son, en cierto modo, dos caras de una misma moneda. Al mismo tiempo, el enfrentamiento entre Garfio y Peter puede interpretarse como una representación de distintos conflictos arquetípicos: entre el adulto y el niño, el padre y el hijo, la educación y la inocencia (Garfio es sumamente culto y refinado; Peter no sabe leer ni escribir, y tampoco tiene interés por aprender)…

El tercer vértice del triángulo lo constituye la pequeña Wendy Darling, un personaje incluso más importante que el capitán del Jolly Roger en la historia y el mito de Peter Pan; para darnos cuenta de esto, basta recordar cómo Barrie colocó su nombre al lado del del niño eterno en el título de la novelización de la obra de teatro original a la que principalmente nos estamos refiriendo aquí (Peter y Wendy), situándola así con todo merecimiento como coprotagonista, si bien la fama del otro normalmente la eclipsa y hace olvidar su papel fundamental en el relato. Este último, de hecho, tras una sucinta alusión a Peter —«Todos los niños crecen, excepto uno»—, comienza con la historia de Wendy y su familia, la cual se prolonga hasta que el niño que no quería crecer y Campanilla se cruzan en sus vidas. Esta decisión del autor tiene un objetivo muy concreto: situarnos en el mundo de la familia Darling, que es nuestro mundo (al margen de ciertas peculiaridades, como la existencia de una perra niñera); ofrecer un marco realista que se verá sacudido con la irrupción de dos seres mágicos como son un niño que vuela y nunca envejece y un hada. De este modo, el lector, ya sea niño o adulto, se pone desde el principio en la piel de los hermanos Darling y conoce a la vez que ellos a Peter y Campanilla, los acompaña en su vuelo al País de Nunca Jamás y vivirá allí, en definitiva, sus mismas aventuras. Wendy, al ser la mayor de los tres y quien tiene una relación más íntima con Peter, es con quien el lector más empatiza y se identifica.

Peter Pan blog 02Vemos a Peter, por tanto, principalmente con los ojos de Wendy, y entendemos su fascinación por él pues es la misma que nosotros sentimos. El lector sagaz, además, advierte que la pequeña alberga sentimientos si cabe más profundos: al igual que Tigridia o Campanilla, Wendy se enamora del niño eterno que es incapaz de conmoverse por nada ni nadie. Y entonces el mágico cuento de hadas, piratas y aventuras se convierte para nosotros en otra historia, en la de un amor imposible. A este respecto, Wendy hace un gran aporte al mito de Peter Pan, pues encarna otro «aspecto universal de la condición humana», algo con lo que todos podemos identificarnos en algún momento de nuestras vidas. La niña, pudiendo elegir entre permanecer en Nunca Jamás o regresar al mundo real, opta por volver con su madre antes de que sea demasiado tarde y esta la olvide. El primer impulso de Peter es el de adelantarse a Wendy y bloquear la ventana del cuarto de los hermanos Darling, para que así la niña tenga que regresar a Nunca Jamás con él, pero al ver el sufrimiento de la madre de los niños cambia de idea (aunque sea a regañadientes; quizá sí tenga un pequeño corazoncito después de todo) y permite el reencuentro, concediendo así a Wendy la oportunidad que él nunca tuvo, la de gozar del amor de su madre.

La historia de Peter y Wendy, en resumen, se ha convertido en un mito moderno, aparte de por los ecos de figuras mitológicas anteriores (el dios Pan, Hermes, Ícaro, Narciso…) que Barrie supo recoger y combinar en su protagonista, en buena medida por esta lección vital que nos brinda: buscar refugio del dolor y las cargas de la vida en nuestro «paraíso artificial» particular, sea cual sea este, nos proporcionará alivio momentáneo ante ellos pero sembrará una semilla de soledad en nuestro corazón, creará un vacío que nunca se podrá llenar; viviendo en la realidad sufriremos, envejeceremos y moriremos, pero es el único modo de conocer el amor, de experimentar la plenitud y felicidad que este nos otorga.

Todos los niños crecen, excepto uno; uno que no habita en nuestro mundo, sino en una lejana isla que solo existe en nuestra imaginación. Peter Pan no envejece ni morirá porque no es un niño real. Nosotros, todos nosotros, creceremos inevitablemente, aunque durante un tiempo podamos pisar y jugar en las mágicas costas de Nunca Jamás. Debemos pues aceptar que la vida nos traerá sufrimiento, pesar y, al final, la muerte, pero también placer, alegría y por encima de todo el amor de aquellos que nos acompañan en nuestro viaje.

 

Para profundizar:

Barrie - Peter Pan

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